Una vez fuimos nómades,
hijos de la tierra que pisaban
nuestros pies descalzos.
Fuimos parte del ecosistema,
viviendo en sintonía con todo nuestro entorno.
Una vez fuimos familia, tribu, pueblo.
Nos asentamos,
con la misma templanza que lo hace un árbol,
dejando crecer la vida y acompañándola.
Fuimos depredadores y fuimos presa,
Como parte del ciclo natural.
Y poco a poco arrancamos nuestras propias raíces, cómo hierbas salvajes que no sirven.
Y cambiamos la madera por el ladrillo.
Transformamos la tierra en cemento.
Abandonamos el fuego por la electricidad y el gas.
Dejamos de escuchar las aves, el viento, la melodía improvisada, por ruidos disonantes que ensordecen.
Los paseos se motorizaron con 4 ruedas cubiertas con chapa.
Las noches estrelladas se cubrieron de humos y luces de farolas.
La lluvia pasó de ser una bendición sobre nuestro cuerpo, a una amenaza de la que refugiarse.
Cortamos los árboles que nos alimentaban y cobijaban, porque ocupan terreno edificable.
Sustituimos las celebraciones de los ciclos, los ritos de agradecimiento y las reuniones de comunidad, por las pantallas y las agendas laborales apretadas.
Dejamos de hablar mirándonos a los ojos, por aparatos que disfrazan nuestra comunicación.
El trabajo dejó de ser parte de nosotros para nutrirnos, y pasó a ser parte de los otros para enriquecerse.
El tiempo pasaba libre a su ritmo y lo atrapamos dentro de un reloj que controla su paso con rigidez.
Convertimos las plantas y su sabiduría en mentiras,
el agua dulce en un lujo,
los abrazos en un hecho esporádico
y la base de un amor sencillo, sincero y puro en un replanteamiento constante y una lista de cualidades.
Y llegué a la selva,
Conocí los poblados río arriba,
Me adentré en sus casas,
seguí sus ritmos y
reviví lo que una vez fuimos.
Vi el desapego innato a lo material,
la crianza compartida y la confianza en los ojos de unos vecinos que cuidan.
La simplicidad de vivir con los ritmos del sol y la luna,
El sabor de la comida a fuego lento.
Entendí que la palabra pobreza es relativa según los ojos que miran y lo que valoran,
Porque no hay hambre cuando se vive de la naturaleza y cuando la comunidad eres tú y tu eres ellos,
donde familia es un pueblo,
El amor y respeto una bandera.
Y aunque parece que vivimos en mundos diferentes,
todos habitamos la misma esfera terrestre.
Ganamos mucho y perdimos mucho.
Pero cuando recuerdo lo que fuimos y observo lo que somos,
veo claridad en que ahora sí que podemos elegir,
Porque los que estamos al otro lado del mundo, tenemos el regalo de poder decidir cómo queremos vivir,
Que valores llevar en nuestra mochila y en sintonía a que, queremos caminar.
[Texto: Laura]
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